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¿QUÉ NOS SALVA?

Jn 3, 14-21

 

Domingo IV de Cuaresma - 14 marzo, 2021 

 

Los niños esperan la “salvación” de fuera y la conciben, además, de forma mágica. La humanidad en su conjunto ha conocido también esa forma de entender su propia salvación. La imagen de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Num. 21,4-9), capaz de curar a quien la mirara, es el paradigma de la salvación entendida de aquel modo. Con el tiempo, las religiones han podido cambiar la referencia –no se habla ya de una serpiente–, pero han seguido manteniendo el mismo esquema: seríamos salvados, desde fuera, por un Dios que envía a su Hijo como emisario divino y salvador.

 

Más allá de lo que pensamos, sentimos y hacemos, hay “Algo” en lo que nos reconocemos y que permanece estable en medio de todos los cambios que afectan a nuestra persona. Eso es lo que somos. Y eso es “completo”. Descubrirlo es sentirse “salvados”.

 

Estamos ya salvados – siempre lo hemos estado –. Pero no en nuestro pequeño yo – en una supuesta actitud de orgullo religioso que suelen criticar quienes malinterpretan aquella afirmación primera –, sino en esa Realidad profunda que constituye nuestra identidad.

 

En lenguaje cristiano, una vez superado el mito, podría llegar a decirse que Jesús no nos salva desde fuera ni nos salva de nada. Nos “salva” porque nos muestra, en él mismo, que somos ya plenitud. Que, como él, cuando no nos reducimos al ego, podemos decir con toda razón: “Yo soy la vida”. Como todas las personas sabias, nos ayuda a ver.

 

(cf. Enrique Martínez Lozano. Comentarios al Evangelio en Fe adulta)


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